David Copperfield

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Ajeno a esas predicciones, el señor Dick siguió ocupando exactamente el mismo lugar en relación con el doctor Strong y con su esposa. No parecía avanzar ni retroceder. Era como si descansara sobre sus cimientos originales, al igual que un edificio; y he de confesar que mis esperanzas de que algún día se moviera de allí no eran mucho mayores que si se tratara de uno de ellos.

Pero una noche, cuando llevaba ya casado algunos meses, el señor Dick se asomó a la sala donde yo estaba escribiendo a solas (pues Dora había ido con mi tía a tomar el té en casa de los dos pajaritos) y me dijo con un carraspeo muy significativo:

–¿Te molestaría dedicarme unos minutos, Trotwood?

–De ningún modo, señor Dick –respondí–; ¡entre, por favor!

–Trotwood –exclamó, apoyando su dedo índice en un lado de la nariz, después de estrecharme la mano–, antes de tomar asiento, deseo hacer una observación. ¿Conoces a tu tía?

–Un poco –repuse.

–¡Es la mujer más maravillosa del mundo!

Después de desprenderse de esa frase como si hubiese sido una gran carga para él, el señor Dick se sentó con mayor gravedad de la habitual y me miró.

–Y ahora, muchacho –prosiguió–, te preguntaré una cosa.


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