David Copperfield

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Era muy raro que el señor Maldon las acompañara. A veces se lo pedían a mi tía y a Dora, y éstas aceptaban. En ocasiones, sólo invitaban a Dora. Hubo un tiempo en que me habría inquietado que fuera en su compañía; pero el recuerdo de lo ocurrido aquella noche en el despacho del doctor había disipado mis dudas. Estaba convencido de que mi viejo maestro tenía razón, y mis peores sospechas se habían desvanecido.

Algunas veces, cuando estábamos a solas, mi tía se frotaba la nariz y me decía que era incapaz de comprenderlo; deseaba que aquel matrimonio fuera más feliz; no creía que nuestra marcial amiga (así llamaba siempre al Viejo Soldado) contribuyera a mejorar las cosas. Opinaba, asimismo, que «si nuestra marcial amiga se cortara las mariposas del sombrero y se las regalase a algún deshollinador para la fiesta del uno de mayo», quizá empezase a dar muestras de sensatez.

Pero en quien mi tía confiaba plenamente era en el señor Dick. Era evidente que ese hombre tenía una idea en la cabeza, decía; y si por una sola vez lograra arrinconarla donde no pudiese escapar, que era su gran dificultad, llegaría a distinguirse de un modo extraordinario.


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