David Copperfield

David Copperfield

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–Por consiguiente, mi querido doctor –dijo el Soldado, dándole de nuevo unos golpecitos cariñosos–, puede disponer de mí a cualquier hora y en todas las estaciones. Comprenda que estoy enteramente a su servicio. Estoy dispuesta a ir con Annie a óperas, conciertos, exposiciones y toda clase de lugares; y nunca me oirá quejarme de cansancio. El deber, mi querido doctor, ¡no hay nada más importante en este mundo!

Lo cierto es que cumplía su palabra. Era una de esas personas capaces de soportar una gran cantidad de diversiones y, en su perseverancia, jamás abandonaba una causa. Rara vez cogía el periódico (que leía todos los días, durante dos horas y con la ayuda de un monóculo, sentada cómodamente en la mejor butaca de la casa) sin descubrir algo que a Annie le encantaría ver. Resultaba en vano que ésta protestara diciendo que estaba cansada de tales cosas. Su madre siempre la reconvenía con estas palabras:

–Vamos, mi querida Annie, tienes que ser más razonable; debo decirte, mi amor, que ése no es modo de corresponder a la amabilidad de tu marido.

Lo decía normalmente en presencia del doctor, y parecía ser el principal argumento para que Annie retirara sus objeciones, cuando hacía alguna. Pero, por lo general, la joven se sometía a la voluntad de su madre, e iba allí donde el Viejo Soldado la llevaba.


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