David Copperfield
David Copperfield –Justo en el momento, mi querida Annie –repitió la señora Markleham, extendiendo el periódico sobre su regazo como si fuera un mantel y poniendo las manos encima–, en que redactaba sus últimas voluntades, su testamento. ¡Qué previsión y qué cariño el del querido doctor! Tengo que contarles lo ocurrido. Me veo obligada a hacerlo, aunque sólo sea para hacer justicia a ese hombre adorable… sÃ, eso es lo que es. Tal vez sepa, señorita Trotwood, que en esta casa jamás se enciende una vela hasta que a uno se le caen literalmente los ojos tratando de leer el periódico. Y que tampoco existe un solo sillón en el que uno pueda hojearlo cómodamente, si exceptuamos el que hay en el despacho. Por eso me dirigà allÃ, donde habÃa visto luz, y abrà la puerta. El doctor se hallaba en compañÃa de dos caballeros, sin duda expertos en cuestiones legales, y los tres estaban en pie delante de la mesa. Nuestro querido doctor con una pluma en la mano. «¿Expresa esto con claridad –decÃa el doctor (Annie, mi amor, presta atención a sus palabras)–, expresa esto con claridad, caballeros, la confianza que tengo en la señora Strong, y que todo se lo dejo a ella, sin condiciones?» Uno de los hombres de leyes asintió: «Y que todo se lo deja a ella, sin condiciones». Al oÃr aquella frase, empujada por los sentimientos propios de una madre, exclamé: «¡Santo Cielo! ¡Perdonen!». Y luego tropecé con el peldaño de la puerta y me alejé por el pequeño pasillo de la parte de atrás, donde está la despensa.