David Copperfield
David Copperfield La señora Strong abrió el ventanal y salió al porche, donde se apoyó en una columna.
–Y ¿no le parece, señorita Trotwood, no le parece, David –prosiguió la señora Markleham, siguiéndola instintivamente con la mirada–, reconfortante ver a un hombre de la edad del doctor Strong con la suficiente firmeza de carácter para hacer algo semejante? No es sino una prueba de que yo estaba en lo cierto. Cuando el doctor Strong me hizo aquella visita tan halagadora y me pidió la mano de mi hija, yo le dije a Annie: «Querida, no me cabe la menor duda de que el doctor Strong hará mucho más por ti, a la hora de asegurarte el porvenir, de lo que considere su obligación».
En aquel momento sonó la campanilla, y oÃmos los pasos de los visitantes que se alejaban.
–Todo ha terminado, sin duda –señaló el Viejo Soldado, después de quedarse un momento escuchando–; el bondadoso doctor ha firmado, lacrado y entregado el testamento, y ahora tiene la conciencia tranquila. ¡Y no le falta razón! ¡Qué clarividencia! Annie, mi amor, me voy al despacho con el periódico, pues no soy nadie sin noticias. Señorita Trotwood, David, les ruego que me acompañen a saludar al doctor.