David Copperfield
David Copperfield Cuando la seguimos, vi al señor Dick cerrando su navaja en un oscuro rincón; y a mi tía frotándose la nariz violentamente, como si ese gesto le sirviera para desahogar su furia contra nuestra marcial amiga. Sin embargo, he olvidado, si es que alguna vez lo supe, quién entró primero en el despacho, o el modo en que la señora Markleham se instaló rápidamente en su butaca, o por qué mi tía y yo nos quedamos cerca de la puerta (a no ser que sus ojos fueran más rápidos que los míos y ella me retuviera allí). Lo que sí recuerdo es que vimos al doctor antes de que él advirtiera nuestra presencia, sentado delante de su mesa, en medio de los enormes volúmenes que tanto amaba, con la cabeza apoyada tranquilamente en su mano. Que, en ese mismo instante, entró la señora Strong, pálida y temblorosa. Que se apoyaba en el brazo del señor Dick. Que éste puso su otra mano sobre el brazo del doctor, lo que le obligó a levantar la vista con aire distraído. Que, mientras el doctor movía la cabeza, Annie cayó de rodillas a sus pies y, juntando las manos implorante, clavó en él aquella mirada memorable que nunca he podido olvidar. Que ante aquel espectáculo, la señora Markleham soltó el periódico y los contempló como si fuera el mascarón de proa de un barco llamado El Asombro (no se me ocurre mejor comparación).