David Copperfield
David Copperfield La dulzura de los ademanes del doctor y su sorpresa, la dignidad que se mezclaba con la actitud suplicante de su esposa, el amable interés del señor Dick, y la vehemencia con que mi tÃa exclamó para sà misma: «¡Y dicen que está loco!» (palabras con las que se vanagloriaba de haberle salvado de una vida llena de sufrimiento)… son cosas que me parece ver y oÃr, más que recordar, mientras dejo correr la pluma.

El señor Dick cumple las predicciones de mi tÃa
–¡Doctor! –dijo el señor Dick–. ¿Ocurre algo? ¡Mire!
–¡Annie! –exclamó el doctor–. ¡A mis pies no, querida!
–¡SÃ! –respondió ella–. ¡Que no salga nadie de la habitación! ¡Se lo suplico! ¡Oh, esposo y padre mÃo, rompamos ya este largo silencio! ¡Sepamos de una vez qué se ha interpuesto entre nosotros!
La señora Markleham, que para entonces habÃa recobrado el habla, pareció rebosar orgullo familiar e indignación maternal.
–Annie –gritó–, levántate inmediatamente y no avergüences a ninguno de los tuyos humillándote de ese modo, a menos que desees que me vuelva loca en este instante.