David Copperfield
David Copperfield –¡Mamá! –contestó Annie–. No malgaste sus palabras conmigo, pues he apelado a mi marido, y ni siquiera usted tiene nada que decir.
–¡Nada! –exclamó la señora Markleham–. ¡Que no tengo nada que decir! ¡Esta niña ha perdido el juicio! ¡Que alguien me traiga un vaso de agua, por favor!
Yo estaba demasiado pendiente del doctor y de su mujer para hacer caso de su petición; y nadie pareció dar importancia a sus palabras; asà que la señora Markleham se vio obligada a jadear, a mirarnos con sorpresa y a abanicarse.
–¡Annie! –dijo el doctor, cogiéndola dulcemente con sus manos–. ¡Amor mÃo! Si se ha producido un cambio inevitable en nuestra vida conyugal, no debes sentirte culpable. El error es mÃo y sólo mÃo. Mi cariño, mi admiración y mi respeto son los mismos de siempre. Sólo deseo hacerte feliz. Te amo y te venero con todo mi corazón. ¡Levántate, Annie, te lo ruego!
Pero ella no se levantó. Después de mirarle durante unos instantes, se inclinó más sobre él, apoyó el brazo en su rodilla y, recostando la cabeza en ella, exclamó: