David Copperfield

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–¡Un budín! –repitió–. ¡No puede ser! Pero ¿cómo? –dijo acercándose más a él–. No se tratará de un budín de frutas, ¿verdad?

–En efecto.

–¡Pero si es mi budín favorito! –afirmó, cogiendo un cucharón–. Seré afortunado… Vamos, pequeño, ¡a ver quién de los dos come más!

No hay duda de que fue el camarero. Es cierto que más de una vez me animó a ganarle, pero había tanta diferencia entre su cucharón de servir y mi cucharilla de té, entre su rapidez y la mía, entre su apetito y el mío, que me quedé muy atrás desde el primer bocado y nunca tuve la menor posibilidad de derrotarlo. Creo que jamás he visto a nadie disfrutar tanto con un budín; y, cuando éste se acabó, siguió riendo como si continuara saboreándolo.

Al ver que me trataba con tanta camaradería, le pedí pluma, tinta y papel para escribir a Peggotty. No sólo me lo trajo inmediatamente, sino que tuvo la bondad de mirar por encima de mi cabeza mientras yo redactaba la carta. Cuando hube terminado, quiso saber a qué colegio me dirigía.

–A uno que está cerca de Londres –le contesté, pues era todo lo que sabía.

–¡Vaya por Dios! –exclamó, abatido–. No sabe cuánto lo siento.

–¿Por qué? –le pregunté.


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