David Copperfield

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Le contesté que se lo agradecería mucho, siempre que no corriera el menor peligro; de lo contrario, sería mejor que se abstuviera. Confieso que, cuando echó la cabeza hacia atrás y se bebió la cerveza de golpe, sentí un miedo horrible de que le ocurriera lo mismo que al llorado señor Topsawyer y se desplomara sin vida sobre la alfombra. Pero no le sentó nada mal. Al contrario, pareció incluso más animado que antes.

–¿Qué es lo que tenemos aquí? –preguntó, metiendo un tenedor en mi plato–. ¿No serán chuletas?

–Así es –respondí.

–¡Bendito sea Dios! –exclamó–. No sabía que fueran chuletas. Pero si es lo más indicado para contrarrestar los malos efectos de esa cerveza. ¡Menuda suerte!

Así que con una mano cogió una de las chuletas por el hueso y con la otra una patata, y engulló todo con gran apetito; yo me sentí de lo más complacido. Después pinchó una segunda chuleta y una segunda patata; y, más tarde, otra chuleta y otra patata. Cuando la fuente estuvo vacía, trajo un budín que colocó delante de mí; pareció entonces rumiar algo y enfrascarse en sus pensamientos.

–¿Qué tal el postre? –preguntó unos momentos después, saliendo de su ensimismamiento.

–Es un budín –le respondí.


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