David Copperfield
David Copperfield –¡Estréchame contra tu corazón, esposo mÃo! ¡Y nunca me alejes de ti! No pienses ni hables de disparidades entre nosotros, pues lo único que nos separa son mis numerosas imperfecciones. A medida que han pasado los años, he ido comprendiéndolo y queriéndote cada vez más. ¡Oh, llévame junto a tu corazón, esposo mÃo, porque mi amor está edificado sobre una roca,[95] y perdurará!
En medio del silencio que siguió, mi tÃa avanzó gravemente hasta el señor Dick, con mucha parsimonia, y le dio un abrazo y un sonoro beso. Y fue una suerte para la reputación de nuestro amigo; pues estoy seguro de que, para expresar convenientemente su satisfacción, estaba a punto de ponerse a la pata coja.
–¡Es usted un hombre extraordinario, señor Dick! –exclamó mi tÃa, en un tono muy firme de aprobación–. ¡Y no simule nunca lo contrario, porque le conozco bien!
Después de pronunciar estas palabras, mi tÃa le tiró de la manga y me hizo un gesto con la cabeza; los tres salimos sigilosamente del despacho y abandonamos la casa.
–Todo esto le bajará los humos a nuestra marcial amiga –señaló mi tÃa, en el camino de regreso–. Y eso bastarÃa para que yo durmiera mejor, aunque no tuviéramos nada más de que alegrarnos.