David Copperfield
David Copperfield La señorita Dartle se levantó con una horrible sonrisa y dirigió sus pasos hacia un seto de acebo muy cercano, que separaba el césped de un huerto.
–¡Venga aquÃ! –gritó, como si estuviera llamando a una bestia inmunda–. Supongo que en este lugar reprimirá su afán de justicia y de venganza, ¿no es asÃ, señor Copperfield? –inquirió, mirándome por encima del hombro con la misma expresión.
Incliné la cabeza, sin comprender sus palabras, y entonces ella volvió a gritar: «¡Venga aquÃ!»; y regresó acompañada del respetable señor Littimer, quien, sin haber perdido un ápice de su respetabilidad, me hizo una reverencia y se colocó detrás de ella. El aire de malvada elegancia y de triunfo –en el que, por extraño que parezca, habÃa algo femenino y seductor– con que Rosa Dartle se recostó en la silla que habÃa entre los dos y me observó, era digno de una cruel princesa de leyenda.
–Y ahora, Littimer –le dijo en tono imperioso, sin mirarle siquiera, palpándose la vieja cicatriz (que tal vez en aquella ocasión se estremeció de placer y no de dolor)–, cuéntele al señor Copperfield todo lo que sabe de la huida.
–El señor James y yo, señora…
–¡No ose dirigirse a mÃ! –le interrumpió, con el ceño fruncido.
–El señor James y yo, señor…