David Copperfield
David Copperfield –Si no tiene usted inconveniente –repuso–. ¿Le importarÃa decirme si han encontrado a la muchacha?
–No.
–Y, sin embargo, ¡ha huido!
Vi cómo sus finos labios se movÃan mientras me miraba, como si estuvieran impacientes por cubrir a Emily de reproches.
–¿Que ha huido? –repetÃ.
–¡SÃ! Ha huido de él –respondió con una carcajada–. Si no la han encontrado ya, tal vez no lo hagan nunca. ¡Es posible que esté muerta!
La expresión de triunfo y de crueldad con que me miró, jamás la habÃa contemplado en ningún otro rostro.
–Quizá desear su muerte –dije– sea el mejor destino que pueda imaginar para ella una persona de su sexo. No sabe cuánto me alegro de que el tiempo haya suavizado su carácter, señorita Dartle.
No se dignó contestarme, pero, volviéndose hacia mà con otra carcajada de desprecio, exclamó:
–Los amigos de esa excelente joven a la que tanto se ha ofendido son sus amigos. Usted es su paladÃn y hace valer sus derechos. ¿Quiere conocer lo que se sabe de ella?
–Sà –repliqué.