David Copperfield
David Copperfield Volví sobre mis pasos y, mientras la seguía, le pregunté cómo estaba la señora Steerforth. Me contestó que su salud era muy delicada y pasaba la mayor parte del tiempo en su habitación.
Cuando llegamos a la casa, me dijo que encontraría a la señorita Dartle en el jardín, y dejó que yo mismo le anunciara mi presencia. Rosa estaba sentada al final de una especie de terraza, desde donde se divisaba Londres. Era un oscuro atardecer y sólo una luz cárdena iluminaba el cielo; y, mientras contemplaba la ciudad en la distancia, bajo un manto de sombrías nubes, y distinguía aquí y allá algunas siluetas que se elevaban hacia aquella luz plomiza, pensé que el panorama armonizaba con el recuerdo que tenía de esa irascible mujer.
Me vio acercarme a ella y se levantó un momento para saludarme. Me pareció aún más pálida y delgada que en mi última visita; el brillo de sus ojos más intenso, y la cicatriz más visible.
Nuestro encuentro no fue cordial. La última vez que nos habíamos visto nos habíamos separado airadamente; y había en su expresión un menosprecio que no se molestó en disimular.
–Me han dicho que desea hablar conmigo, señorita Dartle –le dije, quedándome en pie a su lado, con la mano en el respaldo de la silla, y rehusando su invitación a tomar asiento.