David Copperfield

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Al no darse esas circunstancias, procuraba fijarme en ella lo menos posible. Pero mi cabeza era incapaz de pasar de largo sin detenerse, tal como hacía mi cuerpo; y no podía evitar que me asaltara una larga sucesión de pensamientos. Aquella tarde de la que hablo, cuando apareció ante mí, envuelta en mis recuerdos juveniles y en mis fantasías ulteriores, en los fantasmas de algunas esperanzas truncadas, en las sombras deshechas de desilusiones vagamente percibidas y entendidas, en la mezcla de cosas vividas e imaginadas… todo ello tan relacionado con la ocupación en la que había estado enfrascado…, fueron muchos los recuerdos que trajo a mi memoria. Estaba absorto en mis meditaciones cuando oí una voz a mi lado que me sobresaltó.

Era la voz de una mujer. Y no tardé en reconocer a la doncella de la señora Steerforth, la joven que en otro tiempo adornaba su cofia con cintas azules. Supongo que se las había quitado para adaptarse al nuevo carácter de la casa; y ahora sólo llevaba uno o dos tristes lazos de color marrón.

–Perdone, señor, ¿tendría la bondad de entrar en la casa y hablar con la señorita Dartle?

–¿La ha enviado ella a buscarme? –inquirí.

–Esta noche no, señor; pero es lo mismo. La señorita Dartle le vio pasar hace un par de días, y me ordenó sentarme con mis labores en la escalera, a fin de pedirle que fuese a hablar con ella en cuanto le viera.


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