David Copperfield
David Copperfield Me había limitado siempre a echar una ojeada a la casa y a acelerar el paso para perderla de vista en seguida. Su aspecto era melancólico y sombrío. Ninguna de las habitaciones principales daba a la calle; y las ventanas, estrechas, anticuadas y de pesados marcos, aunque en ninguna circunstancia habrían podido parecer alegres, resultaban de lo más lúgubres, siempre cerradas y con la persianas bajadas. Había un camino cubierto que cruzaba un pequeño patio y conducía hasta una entrada que no se empleaba nunca; y una ventana redonda en las escaleras, muy diferente de las demás, que, a pesar de ser la única que no tenía persianas, producía la misma sensación de tristeza y abandono. No recuerdo haber visto jamás una luz en toda la casa. Si hubiera sido un transeúnte cualquiera, probablemente habría creído que alguna persona solitaria yacía muerta en su interior. Si siempre la hubiera visto igual, y hubiese tenido la suerte de no saber nada de sus ocupantes, supongo que habría dejado que mi imaginación hiciera las más descabelladas conjeturas.