David Copperfield
David Copperfield –SÃ, la joven despertaba una gran admiración. Entre sus vestidos, el aire y el sol, las atenciones de que era objeto… esto, lo otro y lo de más allá, lo cierto es que sus encantos atraÃan la atención general.
Se detuvo un instante. Los ojos de la señorita Dartle recorrieron inquietos el lejano horizonte, y se mordió el labio inferior para contener el temblor de su boca.
El señor Littimer retiró las manos del asiento y, colocando una sobre la otra, apoyó todo su cuerpo en una sola pierna.
–La joven continuó asà durante algún tiempo –prosiguió, con los ojos bajos y su respetable cabeza echada hacia delante y un poco ladeada–, y de vez en cuando parecÃa muy abatida. Creo que el señor James empezó a cansarse de que ella se dejara vencer por la tristeza y el desánimo; y las cosas se torcieron. El señor James volvió a dar muestras de gran desasosiego. Cuanto más inquieto estaba él, más se apenaba ella; y he de decir que, entre los dos, me hicieron pasar muy malos ratos. No obstante, poniendo un remiendo aquà y otro allá, una y otra vez, la situación se prolongó mucho más tiempo de lo que habrÃa cabido esperar.