David Copperfield

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La señorita Dartle desvió su mirada del horizonte y volvió a clavar sus ojos en mí, con la misma expresión de antes. El señor Littimer, llevándose la mano a la boca, aclaró su garganta con una tos breve y respetable, y cargó todo su peso sobre la otra pierna.

–Finalmente –continuó–, después de muchísimas peleas y reproches, el señor James se marchó una mañana de las cercanías de Nápoles, donde ocupábamos una villa (pues a la joven le gustaba el mar), y, con el pretexto de regresar uno o dos días después, la dejó a mi cargo para que le comunicara que, con miras a la felicidad de todos los interesados, había decidido –y el señor Littimer tosió de nuevo– marcharse. Pero he de añadir que el señor James se comportó de un modo sumamente caballeroso; pues propuso que la joven se casara con un hombre muy respetable, dispuesto a olvidar el pasado y tan bueno como cualquier otro al que ella hubiera podido aspirar en condiciones normales, ya que era de familia humilde.

Volvió a cambiar de pierna y se humedeció los labios. Yo tuve el convencimiento de que aquel canalla hablaba de sí mismo, y vi mi propia certeza reflejada en el rostro de la señorita Dartle.


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