David Copperfield
David Copperfield –Me habÃa encargado, asimismo, que le transmitiera esto. Yo estaba dispuesto a hacer lo que fuera para sacar del aprieto al señor James y para restablecer la armonÃa entre él y su cariñosa madre, que tanto habÃa sufrido por su causa. Por ese motivo, acepté su encargo. La violencia de la joven cuando volvió en sÃ, después de comunicarle su partida, superó con creces cualquier expectativa. Pareció enloquecer y, de no haberla dominado por la fuerza, se habrÃa clavado un cuchillo, se habrÃa tirado al mar o habrÃa golpeado su cabeza contra el suelo de mármol.
La señorita Dartle, echándose hacia atrás en la silla con el rostro exultante de júbilo, daba la impresión de acariciar las palabras que aquel hombre habÃa pronunciado.
–Pero cuando llegué al segundo punto –dijo el señor Littimer, frotándose las manos con cierto desasosiego–, que cualquiera hubiera considerado una muestra de buena voluntad, la joven reveló su verdadera naturaleza. Jamás he visto a nadie más enfurecido. Su conducta fue de lo más abyecta. No mostró más gratitud, sentimiento, paciencia o raciocinio que un tronco o una piedra. Si no hubiera tenido los ojos bien abiertos, estoy seguro de que me habrÃa matado.
–¡Eso es algo que la honra! –exclamé indignado.