David Copperfield

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El señor Littimer inclinó la cabeza, como diciendo: «¿De veras, señor? ¡Es usted tan joven!». Y prosiguió su relato.

–En una palabra, durante algún tiempo me vi obligado a alejar de ella cualquier objeto con el que pudiera hacerse daño o herir a los demás, y a tenerla encerrada. A pesar de todo, una noche se escapó: rompió la celosía de la ventana que yo mismo había clavado, se descolgó por una parra que trepaba por el muro, y desde entonces, que yo sepa, nadie ha vuelto a oír hablar de ella.

–Tal vez esté muerta –dijo la señorita Dartle con una sonrisa, como si ya hubiera pisoteado el cadáver de aquella joven descarriada.

–Es posible que se haya ahogado, señorita –respondió el señor Littimer, valiéndose de ese pretexto para dirigirse a alguien–. Es muy posible. O que haya recibido ayuda de los pescadores, de sus mujeres y de sus hijos. Le gustaba mucho la compañía de la gente humilde, y tenía la costumbre, señorita Dartle, de hablar con ellos en la playa y de sentarse junto a sus barcas. La vi pasar allí días enteros, cuando el señor James se ausentaba. Al señor James no le resultó nada agradable descubrir que, en una ocasión, había contado a los niños que era la hija de un pescador y que, mucho tiempo atrás, en su país, había correteado por la playa como ellos.


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