David Copperfield
David Copperfield ¡Oh, Emily! ¡Tan triste y tan bella! Su imagen apareció ante mà sentada en una playa lejana, entre esos niños que le recordaban sus dÃas de inocencia, escuchando unas vocecitas que hubieran podido llamarla «madre» si hubiese sido la esposa de un hombre humilde; y el rugido del mar, con su eterno «¡Nunca más!».
–Cuando fue evidente que no habÃa nada que hacer, señorita Dartle…
–¿Acaso no le he dicho que no se dirija a m� –exclamó ella con auténtico desdén.
–Como usted se ha dirigido a mÃ, señorita –replicó el señor Littimer–. Le ruego que me disculpe; mi obligación es obedecer.
–Entonces no eluda su obligación –dijo–. ¡Termine su relato y márchese!
–Cuando fue evidente que no habÃa manera de encontrarla –prosiguió el señor Littimer, con aire de infinita respetabilidad y una sumisa reverencia–, fui a buscar al señor James al lugar donde debÃa escribirle, y le comuniqué lo sucedido. Cruzamos algunas palabras airadas, y abandoné su servicio por una cuestión de dignidad. Yo podÃa soportar, y de hecho habÃa soportado, muchas cosas del señor James; pero aquella vez llevó demasiado lejos sus insultos. Me hirió. Consciente de las diferencias que existÃan, desgraciadamente, entre él y su madre, me tomé la libertad de regresar a Inglaterra para informarle de…