David Copperfield
David Copperfield –A cambio de una suma de dinero que yo le entregué –aclaró la señorita Dartle.
–Exactamente, señorita…, para informarle de lo que sabÃa. No creo tener nada más que añadir –dijo el señor Littimer, después de reflexionar unos instantes–. En la actualidad estoy sin empleo y me gustarÃa encontrar un puesto respetable.
La señorita Dartle me miró, como si quisiera preguntarme si deseaba saber algo más. Como una idea me daba vueltas en la cabeza, agregué:
–Quisiera que este… individuo –fui incapaz de pronunciar un término más conciliador– me dijese si se interceptó una carta dirigida a la joven por su familia, o si cree que ella la recibió.
El señor Littimer continuó inmóvil y en silencio, con la mirada pegada al suelo y las yemas de los dedos de la mano derecha delicadamente apoyadas en las yemas de los dedos de la mano izquierda.
La señorita Dartle volvió desdeñosamente su cabeza hacia él.
–Le ruego que me disculpe, señorita –exclamó, saliendo de su ensimismamiento–, pero, por muy sumiso que pueda parecerle, tengo mis principios, aunque sólo sea un criado. El señor Copperfield y usted son dos personas diferentes. Si el señor Copperfield desea preguntarme algo, será mejor que lo haga directamente. Tengo que mantener mi dignidad.