David Copperfield

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–Es caro –añadió–, a causa de los impuestos. Tres peniques. Así es como se abusa de los contribuyentes en este país… Y nada más, si exceptuamos el servicio del camarero. En cuanto a la tinta, no se preocupe; la pagaré yo.

–Y ¿qué piensa usted… qué debería yo… cuánto tendría… qué cantidad sería razonable para el camarero? –balbucí, sonrojándome.

–Si no tuviera una familia, y esa familia no fuera víctima de la viruela –dijo el camarero–, no aceptaría una moneda de seis peniques. Si no tuviera que alimentar a una madre muy anciana y a una hermana encantadora –al llegar a ese punto, pareció sumamente emocionado–, no aceptaría ni un cuarto de penique. Si tuviera un trabajo digno, y en este lugar me trataran bien, sería yo el que le ofrecería algo, en lugar de recibirlo. Pero vivo de las migajas de los demás y duermo en un rincón… –y el camarero rompió a llorar.

Sus desgracias me conmovieron profundamente, y pensé que sólo alguien sin corazón le daría menos de nueve peniques. Por ese motivo, le entregué uno de mis tres chelines relucientes, que recibió con gran humildad y respeto; si bien se apresuró a darle la vuelta con el pulgar, a fin de cerciorarse de que no era falso.


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