David Copperfield
David Copperfield Me sentí algo desconcertado cuando comprendí, mientras me ayudaban a subir a la parte trasera de la diligencia, que en la posada creían que me había comido todo, sin ayuda de nadie. Me percaté de eso porque oí que la mujer del mirador le decía al acompañante del postillón: «Cuidado con ese muchacho, George, ¡no vaya a reventar!». Y porque las criadas que andaban por allí también acudieron con sus risillas tontas a mirarme, como si fuera un pequeño fenómeno. Mi amigo, el infortunado camarero, que había recobrado su buen humor, no pareció inquietarse por aquello y se unió a la admiración general con la mayor tranquilidad. Si tuve alguna duda sobre él, supongo que su actitud contribuyó a despertarla; aunque me siento inclinado a pensar que, con mi sencilla inocencia infantil y la confianza que todos los niños tienen instintivamente en sus mayores (cualidades que lamento que el niño pierda prematuramente para ganar en sabiduría mundana), ni siquiera entonces sospeché de él.