David Copperfield
David Copperfield Debo reconocer que me resultó bastante penoso ser el objeto, sin merecerlo, de las bromas entre el postillón y su acompañante, quienes aseguraban que mi peso hundía la parte trasera de la diligencia y que mejor habría sido que viajase en carromato. La historia de mi supuesto apetito se extendió muy pronto entre los pasajeros, que tampoco pudieron disimular su regocijo; y me preguntaron si en el internado pensaban cobrarme lo mismo que a dos o tres hermanos, o si me habían hecho un precio especial o tenía que pagar la tarifa ordinaria, además de otras cuestiones similares. Pero lo peor era que sabía que la vergüenza me impediría comer cuando surgiera la oportunidad y que, después de un almuerzo tan ligero, pasaría toda la noche con hambre; pues, con las prisas, había olvidado los pasteles de Peggotty en la posada. Mis temores se cumplieron. Cuando nos detuvimos a cenar, no logré reunir el coraje suficiente para pedir nada, aunque lo habría hecho muy gustoso; me quedé sentado junto a la chimenea y dije que no deseaba nada. Tampoco eso me libró de nuevas bromas; pues un caballero de voz ronca y rudas facciones, que había estado atiborrándose de bocadillos casi todo el camino, excepto cuando bebía de una botella, aseguró que yo era como la boa constrictor, que comía de una sola vez lo que necesitaba en mucho tiempo; y, después de decir aquello, se dio un verdadero hartazgo de estofado de vaca.