David Copperfield
David Copperfield Habíamos salido de Yarmouth a las tres de la tarde y debíamos llegar a Londres hacia las ocho de la mañana del día siguiente. La temperatura era veraniega y hacía una tarde preciosa. Siempre que cruzábamos algún pueblo, imaginaba el interior de las casas y lo que estarían haciendo sus habitantes; y cuando los niños corrían tras la diligencia y se subían en la parte trasera para columpiarse unos instantes, me preguntaba si vivirían sus padres y si serían felices en sus hogares. Tenía, así, muchas cosas con las que distraerme, si bien no podía dejar de pensar cómo sería el lugar donde me dirigía, lo que me empujaba a las más terribles conjeturas. A veces me invadía el recuerdo nostálgico de mi hogar y de Peggotty; y trataba de rememorar, de un modo confuso y oscuro, cuáles eran mis sentimientos y qué clase de muchacho era yo antes de haber mordido al señor Murdstone. Pero no lo conseguía; era como si todo aquello hubiera ocurrido en la más remota antigüedad.