David Copperfield

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La noche no fue tan agradable como el atardecer, pues el tiempo refrescó bastante. Como me habían sentado entre dos caballeros (el de las rudas facciones y otro) para que no me cayera de la diligencia, pensé que iba a morir aplastado cuando ambos se durmieron. A veces me estrujaban de tal modo que no podía evitar gritar: «¡Ay, ay, por favor!». Pero eso les molestaba mucho, ya que los despertaba. Enfrente de mí había una anciana, envuelta en un manto de piel; e iba tan arrebujada que, en la penumbra, se asemejaba más a un montón de heno que a una dama. Llevaba consigo una cesta que durante mucho tiempo no supo dónde colocar, hasta que descubrió que mis piernas eran más cortas y cabía debajo de ellas. Pero yo iba tan incómodo y me estorbaba tanto que me sentía terriblemente desgraciado. Cada vez que me movía un poco, un objeto de cristal chocaba contra algo, y la anciana me daba una fuerte patada.

–¿Acaso no puede estarse quieto? Con lo pequeño que es… –decía.






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