David Copperfield

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Finalmente, amaneció, y mis compañeros de viaje parecieron dormir más tranquilos. No es fácil imaginar las molestias que habían aguantado aquella noche, y que habían expresado a través de los resoplidos y de los bufidos más espantosos. A medida que el sol se elevaba, su sueño se fue aligerando y, poco a poco, empezaron a despertarse uno a uno. Recuerdo cuánto me extrañó que todos fingieran no haber dormido nada, y que rechazaran enojados semejante acusación. Y es algo que todavía continúa sorprendiéndome, pues he observado que, de todas las debilidades humanas, aquella que nuestra naturaleza está menos dispuesta a confesar (no entiendo por qué motivo) es la de haber dormido mientras se viaja en diligencia.

No es necesario que me detenga a describir lo extraordinario que me pareció Londres cuando lo divisé en la lejanía, ni cómo imaginé que allí se repetían las aventuras de mis héroes favoritos, ni cómo presentí vagamente que era la ciudad de la tierra donde ocurrían más prodigios y maldades. Nos acercamos lentamente y, a la hora prevista, nos detuvimos junto a la posada del barrio de Whitechapel, nuestro lugar de destino. He olvidado si su nombre era El Toro Azul o El Jabalí Azul; pero, fuese lo que fuese, era algo azul y estaba pintado en la parte trasera de la diligencia.

Mientras se apeaba, el acompañante del postillón no dejaba de observarme.


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