David Copperfield
David Copperfield –Littimer dice, asimismo –señaló, frunciendo lentamente el labio–, que ha oÃdo que su amo está navegando por las costas de España; y que continuará embarcado hasta que se canse de la vida marinera. Pero eso carece de interés para usted. El abismo que separa a estas dos personas tan orgullosas, la madre y el hijo, es mayor que nunca, y existen muy pocas esperanzas de reconciliación; se parecen demasiado y el paso del tiempo les vuelve cada vez más obstinados y altivos. Sé que nada de esto le interesa; pero sirve de preámbulo para lo que quiero decirle. Ese demonio que usted convierte en ángel, me refiero a esa muchacha despreciable que él sacó del lodo –prosiguió con sus ojos negros clavados en mà y el dedo, trémulo de cólera, levantado–, tal vez viva todavÃa… tengo entendido que todo lo vulgar dura más. De ser asÃ, supongo que deseará usted encontrar una perla semejante y ocuparse de ella. Nosotros también lo deseamos, a fin de evitar que él caiga de nuevo en sus garras. Hasta aquÃ, nuestros intereses son los mismos; y ése es el motivo de que yo, que no dudarÃa en hacerle todo el daño que una criatura tan ordinaria como ella fuese capaz de recibir, le haya hecho venir para escuchar lo que ha escuchado.