David Copperfield
David Copperfield ComprendÃ, por el cambio que experimentó su rostro, que alguien se acercaba por detrás. Era la señora Steerforth, que me tendió la mano con mayor frialdad que en el pasado, exagerando su antigua majestuosidad; percibÃ, sin embargo, con emoción, que el recuerdo de mi viejo cariño por su hijo seguÃa indeleble en ella. HabÃa cambiado mucho. Su esbelta figura caminaba menos erguida, su hermoso rostro se habÃa llenado de arrugas y su pelo se habÃa vuelto casi blanco. Pero cuando tomó asiento, me pareció todavÃa muy bella; y reconocà los ojos brillantes de mirada altanera que habÃan iluminado mis sueños escolares.
–¿Está el señor Copperfield al corriente de todo, Rosa?
–SÃ.
–¿Y lo ha oÃdo de labios de Littimer?
–SÃ; le he explicado por qué lo deseaba usted.
–Eres una buena chica. He mantenido una breve correspondencia con su amigo de antaño, señor Copperfield –exclamó, dirigiéndose a mÖ, que no le ha ayudado a recuperar el sentido del deber y de las obligaciones filiales. Por consiguiente, mi único propósito es el que Rosa ha mencionado. Si, al mitigar el sufrimiento del buen hombre que usted trajo aquà (y por el que siento una gran lástima… es todo cuanto puedo decir), mi hijo puede ser salvado de caer nuevamente en las redes de un enemigo intrigante, ¡valdrá la pena!