David Copperfield
David Copperfield La señora Steerforth se irguió en su asiento, y su mirada se perdió en la lontananza.
–La comprendo, señora –contesté respetuosamente–. Le aseguro que no existe el menor peligro de que yo malinterprete sus motivos. Pero, conociendo desde la infancia a la familia agraviada, hay algo que debo decirle, incluso a usted: si cree que la joven que con tanta dureza se ha visto juzgada no ha sido cruelmente engañada, y no preferirÃa morir cien veces antes que aceptar un vaso de agua de manos de su hijo, está usted en un terrible error.
–¡Calla, Rosa, calla! –exclamó la señora Steerforth, cuando ésta se disponÃa a interrumpirnos–. No tiene importancia. He oÃdo decir que ha contraÃdo matrimonio, señor…
Le respondà que llevaba algún tiempo casado.
–¿Y le va bien? Apenas tengo noticias del mundo exterior, pero he sabido que empieza a ser usted muy conocido.
–He tenido mucha suerte –repliqué–, y mi nombre ha cosechado algunos elogios.
–No tiene usted madre, ¿verdad? –preguntó con voz más dulce.
–No.
–Es una lástima –añadió–. Se hubiera sentido orgullosa de usted. ¡Buenas noches!