David Copperfield
David Copperfield Estreché la mano que me tendió con aire frío y majestuoso, y lo cierto es que me transmitió la misma serenidad que si su corazón estuviera en calma. Tenía un orgullo capaz de detener hasta los latidos de su corazón, y de cubrir su rostro con un velo de sosiego a través del cual miraba en la distancia.
Al alejarme por la terraza, no pude evitar observar con qué firmeza contemplaban las dos el paisaje, que parecía espesarse y cerrarse en torno a ellas. Aquí y allá, centelleaban las primeras luces en la lejana ciudad; y una claridad cárdena seguía iluminando el oeste. Pero, en la mayor parte del ancho valle, se iba extendiendo un manto de niebla parecido al mar, que, confundiéndose con la oscuridad, daba la impresión de querer sumergir a las dos mujeres en sus aguas. Tengo motivos para recordar esto y para pensar en ello con temor, pues, antes de mirarlas de nuevo, un mar tormentoso se había alzado a sus pies.