David Copperfield
David Copperfield Después de reflexionar sobre lo que acababa de oír, consideré mi deber comunicárselo al señor Peggotty. Al día siguiente, al anochecer, me dirigí a Londres en su busca. Él vagaba siempre de un lado a otro, obsesionado con la idea de encontrar a su sobrina; pero pasaba más tiempo en Londres que en cualquier otro lugar. Yo lo había visto con frecuencia, cuando era noche cerrada, recorriendo las calles, buscando lo que tanto temía encontrar entre los escasos transeúntes que deambulaban por la ciudad a unas horas tan intempestivas.
Tenía alquilada una habitación encima de la pequeña tienda de ultramarinos del mercado de Hungerford, que he mencionado en más de una ocasión, desde la que había emprendido la búsqueda de su sobrina. Hacia ella dirigí mis pasos. Cuando pregunté por él, me dijeron que todavía no había salido y que lo encontraría en el piso superior.
El señor Peggotty estaba leyendo junto a la ventana, en la que tenía algunas plantas. El cuarto estaba sumamente limpio y ordenado. Me di cuenta en seguida de que lo tenía siempre preparado para recibir a su sobrina, y que jamás salía de él sin pensar que tal vez volvería con ella. No me había oído llamar a la puerta; y sólo levantó los ojos cuando puse mi mano en su hombro.