David Copperfield
David Copperfield –¡Señorito Davy! ¡Gracias por venir, señor! ¡Le agradezco de todo corazón su visita! Siéntese. ¡Bienvenido sea!
–Señor Peggotty –le dije, cogiendo la silla que él me ofrecÃa–. ¡No espere demasiado! He tenido noticias…
–¿De Emily?
Se llevó nerviosamente la mano a la boca y palideció, al tiempo que clavaba sus ojos en los mÃos.
–No tenemos ningún indicio de dónde se encuentra, pero ya no está con él.
Tomó asiento, sin dejar de mirarme, y escuchó en el más profundo silencio cuanto tenÃa que contarle. Recuerdo bien la dignidad, e incluso la belleza, de aquel rostro grave y paciente cuando, tras apartar sus ojos de los mÃos, dirigió la vista al suelo, con la mano apoyada en la frente. No me interrumpió ni una sola vez, y escuchó toda la historia en el más absoluto silencio. ParecÃa seguir la silueta de Emily a través de mi relato; y los demás no eran más que vulgares sombras que pasaban a su lado.
Cuando terminé de hablar, se cubrió la cara con las manos y continuó callado. Estuve un rato mirando por la ventana y admirando las plantas.
–¿Qué piensa de todo esto, señorito Davy? –preguntó por fin.
–Creo que está viva –repliqué.