David Copperfield

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–¡Señorito Davy! –exclamó, asombrado–. ¿Aquella noche en que nevaba tanto?

–En efecto. No he vuelto a verla desde entonces. Volví a buscarla tras despedirme de usted, pero había desaparecido. No quise hablarle de esa joven en aquella ocasión y, si lo hago hoy, es a regañadientes; pero es a ella a quien me refiero, y creo que es a ella a quien tendríamos que dirigirnos. ¿Me comprende?

–Demasiado bien, señor –contestó.

Habíamos bajado la voz hasta convertirla casi en un susurro, y seguimos hablando en ese tono.

–Usted dice que la ha visto. ¿Cree que podría encontrarla? Si yo diera con ella, sería por casualidad.

–Creo, señorito Davy, que sé dónde buscarla.

–Es de noche. Puesto que estamos juntos, ¿por qué no salimos ahora y tratamos de encontrarla?

El señor Peggotty asintió y se preparó para acompañarme. Sin que pareciera que le observaba, vi el cuidado con que arreglaba la pequeña habitación, dejaba a mano una vela con todo lo necesario para encenderla, estiraba la cama y, por último, sacaba del cajón un vestido de Emily (que yo recordaba haberle visto puesto), cuidadosamente doblado entre otras prendas, que colocó encima de una silla con un sombrero. No hizo la menor alusión a esas ropas, ni yo tampoco. ¡Seguro que la habían esperado allí muchísimas noches!


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