David Copperfield
David Copperfield –Hubo un tiempo, señorito Davy –me dijo, mientras bajábamos la escalera–, en que esa joven, Martha, era para mà casi tan despreciable como el fango que pisaba Emily. ¡Que Dios me perdone! ¡Las cosas han cambiado tanto desde entonces!
Mientras Ãbamos andando, no sólo para entretenerlo sino también para satisfacer mi curiosidad, le pregunté por Ham. Me respondió, casi con las mismas palabras que la otra vez, que Ham seguÃa igual, y que parecÃa despreciar la vida; aunque jamás se quejaba, y todo el mundo le querÃa.
Le pregunté si conocÃa el estado de ánimo de Ham en relación con el causante de todos sus infortunios. ¿No podrÃa resultar peligroso? ¿Qué harÃa, por ejemplo, Ham, si alguna vez él y Steerforth se encontraban?
–No lo sé, señor –contestó–. A menudo lo he pensado, pero soy incapaz de adivinarlo.
Le recordé la mañana en que los tres paseamos por la playa, al dÃa siguiente de la partida de Emily.
–¿Se acuerda de la extraña determinación con que miraba el mar –le dije– y el modo en que hablaba del «fin»?
–¡Por supuesto que sÃ!
–¿Qué cree usted que querÃa decir?