David Copperfield

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Como si formara parte de los desechos arrojados por el río y abandonados a la podredumbre, la muchacha que habíamos seguido se acercó a la orilla y, en medio de aquella escena nocturna, se quedó mirando el agua, sola y en silencio.

Había algunos botes y barcazas varados en el fango, que nos permitieron llegar muy cerca de la joven sin que ésta nos viera. Entonces hice una seña al señor Peggotty para que no se moviese y salí de la oscuridad para hablar con ella. Me acerqué temblando a su figura solitaria; pues el tenebroso final de su decidido paseo y el modo en que contemplaba, casi bajo la sombra cavernosa del puente de hierro, el reflejo deformado de las luces en la fuerte corriente, había despertado en mí un temor.

Creo que hablaba consigo misma. Recuerdo que, a pesar de la atención con que miraba el río, se había quitado el chal de los hombros y envolvía nerviosamente sus manos en él, más como una sonámbula que como una persona despierta. Sé, y es algo que jamás olvidaré, que sus extraños ademanes me hicieron pensar que se tiraría al agua ante mis ojos,[99] hasta que la cogí del brazo.

En ese instante dije:

–¡Martha!


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