David Copperfield
David Copperfield Ella lanzó un grito de terror y forcejeó conmigo con tanta violencia que no creo que hubiese sido capaz de sujetarla solo. Pero una mano más poderosa que la mía la agarró; y cuando la joven alzó su mirada temerosa y vio quién era su dueño, se dejó caer entre los dos después de un último esfuerzo. La llevamos lejos de la orilla, hasta un lugar donde había algunas piedras secas, y la depositamos allí llorando y gimiendo. No tardó en sentarse, con su desdichada cabeza entre las manos.
–¡El río! –exclamó con desesperación–. ¡El río!
–¡Chist! ¡Chist! –le dije–. Tranquilícese.
Pero ella seguía repitiendo una y otra vez: «¡El río, el río!».
–¡Se parece a mí! –prosiguió–. Sé que le pertenezco. ¡Sé que es la única compañía posible para una mujer como yo! Viene del campo, donde sus aguas eran puras… y ahora discurre sucio y despreciable, a través de unas calles sombrías… y se va, al igual que mi vida, hacia un inmenso mar, siempre agitado. ¡Siento que debo ir con él!

El río
Yo no había sabido lo que era la desesperación antes de escuchar estas palabras.