David Copperfield

David Copperfield

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–No puedo alejarme de él. Soy incapaz de olvidarlo. Me atormenta día y noche. Es la única cosa en el mundo de la que soy digna, o que es digna de mí. ¡Este espantoso río!

Pensé que habría podido leer la historia de su sobrina, si no la hubiera conocido ya, en el rostro de mi compañero, que observaba a Martha, inmóvil y en silencio. Ni la pintura ni la vida me habían mostrado jamás el horror y la compasión unidos de un modo tan conmovedor. El señor Peggotty temblaba como si estuviera a punto de caer; y su mano (que toqué con la mía, pues su aspecto me alarmó) estaba terriblemente fría.

–Martha delira –le dije en voz baja–. Dentro de un rato no hablará de ese modo.

No sé lo que respondió. Sus labios se movieron, y el señor Peggotty pareció creer que había dicho algo; pero se había limitado a señalar a la joven con la mano extendida.

Ésta prorrumpió nuevamente en llanto; y volvió a esconder el rostro entre las piedras, y se postró ante nosotros, la viva imagen de la humillación y del desamparo. Consciente de que debía salir de aquel estado, si cobijaba alguna esperanza de poder hablar con ella, impedí al señor Peggotty que la levantase y esperamos en silencio a que se calmara un poco.


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