David Copperfield

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–Martha –le dije entonces, inclinándome para ayudarla a ponerse en pie (parecía querer marcharse, pero estaba demasiado débil y se apoyó en uno de los botes)–. ¿Ha reconocido usted al hombre que me acompaña?

–Sí –musitó.

–¿Sabe que llevamos mucho tiempo siguiéndola esta noche?

Ella movió la cabeza. No nos miró a ninguno de los dos, y continuó en actitud humilde con el sombrero y el chal en una mano, como si no se diera cuenta de que los llevaba, y apretando la otra, cerrada, contra la frente.

–¿Está usted lo bastante serena –le pregunté– para hablar del asunto que tanto le interesaba (¡y espero que el Cielo lo recuerde!) la noche en que cayó aquella fuerte nevada?

Estalló de nuevo en sollozos, y me dirigió entre murmullos algunas palabras ininteligibles de agradecimiento por no haberla obligado en aquella ocasión a salir de la puerta.

–No quiero decir nada en mi defensa –exclamó, al cabo de unos instantes–. Soy mala; soy una perdida. Para mí no hay esperanza. Pero dígale a él, señor –la joven se había apartado del señor Peggotty–, si no me desprecia demasiado, que no tuve nada que ver con su desgracia.


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