David Copperfield
David Copperfield –Jamás se le ha culpado a usted –repuse con la misma gravedad con que ella habÃa planteado su pregunta.
–¡Fue usted, si no me equivoco –prosiguió con voz entrecortada–, quien entró en la cocina la noche en que ella se apiadó de mÃ; y me trató con generosidad y cariño; y no se apartó de mà como los demás! ¿No es cierto, señor?
–En efecto –contesté.
–Hace mucho tiempo que estarÃa en el rÃo –añadió, contemplando el agua con una horrible expresión–, si tuviera ese peso sobre mi conciencia. ¡HabrÃa sido incapaz de pasar una sola noche de invierno sin arrojarme a él, si no hubiera estado libre de esa culpa!
–Conocemos bien el motivo de la huida de Emily –respondÖ. Estamos convencidos de que usted es inocente… Lo sabemos.
–¡Oh, yo habrÃa podido ser mucho mejor gracias a ella, si hubiera tenido un corazón más puro! –exclamó la muchacha, en un tono de amargo arrepentimiento–. ¡Fue siempre tan bondadosa conmigo! Jamás me dijo una palabra que no fuera amable y justa. ¿Cómo iba a querer convertirla en lo que soy, conociéndome tan bien como me conozco? Cuando perdà todo lo que resulta valioso en esta vida, lo más duro para mà fue pensar que no volverÃa a verla nunca.