David Copperfield
David Copperfield El señor Peggotty, con una mano en la borda de un bote y los ojos bajos, se tapó la cara con la otra mano.
–Y cuando, antes de aquella noche de nieve, alguien de Yarmouth me contó lo sucedido –sollozó Martha–, lo que más me atormentó fue pensar que la gente recordarÃa nuestra amistad ¡y dirÃa que era yo quien la habÃa corrompido! ¡Dios sabe, sin embargo, que hubiera dado la vida para que ella recuperase su buen nombre!
La joven habÃa perdido hacÃa mucho tiempo el dominio de sà misma, y era terrible ver la intensidad de sus remordimientos y de su dolor.
–Dar la vida no habrÃa sido mucho… ¿qué puedo decir?… ¡yo habrÃa seguido viviendo! –exclamó–. HabrÃa seguido viviendo para esperar la vejez en estas calles miserables… para vagar, despreciada por todos, en medio de la oscuridad… para ver despuntar el dÃa sobre esas horribles hileras de casas, y recordar cómo ese mismo sol entraba en otros tiempos en mi dormitorio, y me despertaba… ¡HabrÃa sido capaz incluso de eso para salvarla!