David Copperfield
David Copperfield Hundiéndose entre las piedras, Martha cogió algunas en sus manos y las apretó con fuerza, como si quisiera deshacerlas. Cambiaba continuamente de postura: estiraba los brazos, los cruzaba delante de los ojos como si quisiera protegerse de la escasa luz, e inclinaba la cabeza como si el peso de los recuerdos le resultara insoportable.
–¿Qué voy a hacer? –preguntó, luchando con su desesperación–. ¿Cómo puedo seguir viviendo de este modo? ¡No soy más que una maldición para mí misma y una deshonra para todos cuantos se acercan a mí! –de pronto se volvió hacia mi compañero–. ¡Pisotéeme! ¡Máteme! –prosiguió–. Cuando estaba tan orgulloso de ella, usted hubiera pensado que la insultaba con sólo rozarla en la calle. No puede creer… ¿por qué iba a hacerlo?… nada que salga de mis labios. Incluso ahora, enrojecería de vergüenza si me viera cruzar una palabra con su sobrina. No me quejo. No digo que seamos iguales… sé que existe una distancia muy grande entre nosotras. Sólo digo que, a pesar de mis pecados y de mi sufrimiento, le estoy agradecida con toda mi alma y la quiero. ¡No crea que se ha agotado en mí toda la capacidad de amar! ¡Apártese de mí, como hacen los demás! ¡Máteme por ser lo que soy, y por haberla conocido en otro tiempo! ¡Pero no piense eso de mí!