David Copperfield
David Copperfield El señor Peggotty la habÃa observado profundamente abstraÃdo mientras ella le hacÃa esta súplica; pero cuando la joven dejó de hablar, la ayudó a levantarse con dulzura.
–Martha –exclamó– ¡Dios me libre de juzgarla! ¡No permita que yo, menos que nadie, haga eso, hija mÃa! No puede imaginar cuánto he cambiado en estos últimos tiempos. ¡En fin! –y guardó silencio unos instantes, antes de proseguir–. No sabe aún por qué este caballero y yo deseábamos hablar con usted. No sabe lo que queremos decirle. ¡Escúchenos ahora!
Su influjo sobre ella fue instantáneo. Martha, medio agachada, parecÃa tener miedo de mirarle a los ojos; pero la violencia de su dolor se habÃa apaciguado completamente.
–Si usted oyó –dijo el señor Peggotty– lo que el señorito Davy y yo hablamos la noche en que cayó aquella fuerte nevada, sabe que he viajado… por todas partes en busca de mi querida sobrina. Mi querida sobrina –repitió con firmeza–, pues es mucho más querida para mà ahora, Martha, de lo que lo era antes.
La joven se cubrió el rostro con las manos, pero continuó en silencio.