David Copperfield
David Copperfield –Cuando le abandoné, fui muy generosa con él –continuó, poniendo sus manos sobre las mÃas, como era su costumbre–. Puedo decir después de tantos años, Trot, que, cuando le abandoné, fui muy generosa con él. HabÃa sido tan cruel conmigo que yo habrÃa podido obtener una separación muy provechosa para mÃ; pero no quise. No tardó en malgastar cuanto le di, y empezó a caer cada vez más bajo; se casó con otra mujer, según creo, y se convirtió en un aventurero, un jugador y un tramposo. Ya ves cómo ha terminado. Pero era un hombre muy guapo cuando me casé con él –añadió, con un rastro en la voz de su viejo orgullo y admiración–; y yo creÃa… ¡necia de mÃ!… que era la encarnación del honor.
Apretó mi mano y movió la cabeza.
–Ahora no significa nada para mÃ, Trot; menos que nada. Pero, para no verlo castigado por sus delitos (lo que sin duda ocurrirÃa si siguiera vagando por este paÃs), le doy más dinero del que puedo permitirme cuando reaparece, a fin de que se aleje. Fui una estúpida al casarme con él; y no parezco tener remedio, pues, por lo que en otro tiempo creà que era, no me gustarÃa que esa sombra de mis absurdas fantasÃas fuera tratada con dureza. Porque, si alguna mujer quiso con locura, Trot, fui yo.
Mi tÃa dio por terminado el asunto con un profundo suspiro, y se alisó el vestido.