David Copperfield
David Copperfield –¡Tesoro mÃo! –repliqué–. Debo suplicarte que seas razonable y escuches lo que he dicho antes y lo que digo ahora. Mi querida Dora, si no aprendemos a cumplir con los deberes que hemos contraÃdo respecto a nuestros criados, ellos no aprenderán jamás a cumplir con sus deberes respecto a nosotros. Me temo que les damos la oportunidad de obrar mal, y es algo que deberÃamos evitar. Aunque eligiéramos libremente ser tan poco exigentes (que no es el caso), o nos resultara agradable serlo (que tampoco es cierto), estoy convencido de que no tenemos derecho a continuar asÃ. No hay duda de que estamos corrompiendo a la gente. Es preciso que meditemos sobre eso. No puedo evitar pensarlo, Dora. Es algo que no logro apartar de mi imaginación, y que a veces me atormenta. Y ya está, querida, ya he terminado. ¡Vamos! ¡No seas tonta!