David Copperfield
David Copperfield –Querida –protesté–, ¡no digas tonterÃas! ¿Quién ha hecho aquà la menor alusión a unos relojes de oro?
–Tú –contestó ella–. Sabes que tengo razón. Has dicho que yo no he obrado bien, y me has comparado con él.
–¿Con quién? –inquirÃ.
–Con nuestro criado –sollozó Dora–. ¡Qué malo eres! ¡Comparar a tu cariñosa mujer con un criado deportado! ¿Por qué no me diste tu opinión antes de casarnos? ¿Por qué no dijiste, despiadado, que creÃas que yo era peor que un criado deportado? ¡Oh! ¡Qué opinión tan terrible tienes de mÃ! ¡Oh, Dios mÃo!
–Vamos, Dora, querida –le respondÃ, tratando de quitarle dulcemente el pañuelo que se habÃa llevado a los ojos–, tus palabras no sólo son ridÃculas, sino también injustas. En primer lugar, no es verdad.
–Siempre asegurabas que él era un mentiroso –se lamentó–. ¡Y ahora dices lo mismo de mÃ! ¡Oh! ¿Qué voy a hacer? ¿Qué voy a hacer?