David Copperfield
David Copperfield Dora acercó el hocico de Jip a mi nariz y exclamó: «¡Buh!» en un intento de hacerme reír; pero, al ver que no lo conseguía, ordenó a su mascota que entrara en la pagoda y se quedó mirándome, con las manos entrelazadas y una expresión resignada en el rostro.
–El hecho es, querida mía –empecé a decir–, que estamos infectados. Contagiamos a cuantos nos rodean.
Habría seguido expresándome en sentido figurado si no hubiera leído en el rostro de mi mujer que esperaba, maravillada, que yo le proporcionara una nueva vacuna o algún otro medicamento para curar aquella enfermedad infecciosa que padecíamos. Por ese motivo, me detuve y se lo expliqué con más claridad.
–No se trata sólo, corazón –proseguí–, de que perdamos dinero y comodidades, y a veces incluso el buen humor, por no aprender a ser más cuidadosos; se trata de que incurrimos, asimismo, en la grave responsabilidad de echar a perder a todos los que entran a nuestro servicio, o tienen algún trato con nosotros. Empiezo a pensar que la culpa no es siempre de los de un lado, y que, si todos esos individuos obran mal, es porque nosotros no obramos precisamente bien.
–¡Oh! ¡Qué acusación! –exclamó Dora, abriendo mucho los ojos–. ¿Acaso me has visto robar alguna vez relojes de oro? ¡Oh!