David Copperfield
David Copperfield Empecé inmediatamente. Cuando Dora se mostraba muy infantil, y yo habría dado cualquier cosa por prestarme a sus caprichos, procuraba adoptar un aire severo… y ella se quedaba desconcertada, y yo también. Le hablaba de los asuntos que ocupaban mis pensamientos; y le leía a Shakespeare… hasta agotarla. Me acostumbré a darle, de manera fortuita, pequeños datos que podrían serle útiles, y ciertas opiniones razonables… que ella recibía con el mismo sobresalto que si hubieran sido petardos. Por muy incidental o naturalmente que yo tratara de moldear el espíritu de mi mujercita, no podía evitar darme cuenta de que ella comprendía de forma instintiva mis intenciones, y era presa de los más vivos temores. Percibí con claridad que Shakespeare le parecía un individuo especialmente terrible. La formación de Dora prosiguió muy lentamente.