David Copperfield

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Sin que él fuera consciente, enrolé a Traddles en aquella empresa; y, siempre que venía a vernos, hacía saltar mis minas bajo sus pies para la indirecta edificación de Dora. La suma de conocimientos prácticos que ofrecí a Traddles de ese modo fue ingente, y de la mejor calidad; pero el único efecto que causaban en Dora era el de entristecerla y ponerla nerviosa, temiendo que después llegase su turno. Yo tenía la impresión de ser un maestro de escuela, una trampa, un cepo; de querer atrapar a Dora, como si fuera una mosca, en mi telaraña, siempre dispuesto a lanzarme sobre ella para su gran desazón.

Con todo, esperando ilusionado el día en que, superada aquella etapa intermedia, yo consiguiese «moldear su espíritu» a mi entera satisfacción y la armonía fuera perfecta entre los dos, perseveré en mi empeño durante varios meses. Al percatarme finalmente, sin embargo, de que, a pesar de haberme comportado como un verdadero erizo o puerco espín, con las púas de mi determinación siempre erizadas, no había conseguido nada, empecé a pensar que tal vez el espíritu de Dora estuviera ya moldeado.





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